No leo y me agüito gachote

Cuando no leo me agüito gachote.

16.3.13

Se cansó...

Se cansó. Ella se cansó de seguir en lucha. Después de todo ese tiempo intentando encontrar, se agotó; se le agotó el alma, se le agotó el cuerpo, también la mente. Decidió no continuar. El hartazgo la tomó en sus manos, zarandeándola como a una muñeca frágil, y la regresó al suelo, desorientada, sola.

Lloró. Lloró mucho. Gritó. Tuvo esa sensación que desgarra las entrañas; el vientre se contrajo, y los poros de la piel le dieron entrada a la desesperación. La garganta se secó, la saliva se hizo densa. Las lágrimas fueron abundantes, cayeron como cascadas rebeldes mientras los ojos se hincharon como globos.

Ella decidió claudicar. Decidió dejar de luchar. Y por ese breve lapso de tiempo, se sintió liberada, ligera, agradecida por el gran peso que se había caído de sus hombros y de su espalda. Sonrió y tuvo una efímera sensasión de felicidad. 


Esta vez su hartazgo y desesperación son mayores. No se liberó, sino que huyó. Lo entendió. Al fin lo entendió. Ahora tendrá que comenzar de nuevo.

13.3.13

Nada


Me gusto más cuando no pienso, cuando no veo, cuando no creo. Saturación. Verborrea mental. Estoy desquiciada. La cabeza gira y gira y gira y gira y gira y gira. Hartazgo. Sensación de libertad. Anhelos.  Nostalgia por los recuerdos no vividos. Pesadumbre. Ansiedad. Yo. El mundo me pertenece. La vida me grita. No escucho nada. Estoy aquí, escribiendo tonterías. Intento explicarme lo que siento. La vida sigue y nos vamos poniendo viejos. Y entre más viejos, más aburridos. Un fin. El fin. No tengo ganas. Se va la fuerza. Se desvanece el espíritu. Se ahoga el entusiasmo. Y no queda nada, sólo intenciones.

17.6.12

El otro ejemplo de mi padre


La noche que jugamos a las luchas, mi papá y mi hermano me iban ganando. La quebradora que me aplicó mi padre estuvo mal hecha, y me hizo caer fuera del área de lucha, en el piso, y lo primero que se estrelló en él fue mi frente, y parecía que me había crecido otra cabeza, pero no, sólo fue un chipote.

No quise llorar porque no quería ser la niña que siempre chilla. Me quería aguantar como mi hermano, y también me interesaba ganar puntos con mi señor padre. Dejamos de jugar, yo dije no me dolía, y entre los tres intentamos armar un plan para cuando mamá llegara y preguntara qué demonios había sucedido con mi frente y con el buró de mi recámara.

Mi papá me puso algo así como azúcar con vaselina. Ni él sabía para qué funcionaba ese menjurje. Nos dispusimos a ver la televisión, los tres acomodados en la sala, seriecitos, y aparentando poner mucha atención a las noticias de las 10 de la noche. La verdad es que estábamos nerviosos. No se nos había ocurrido ningún jodido pretexto verosímil, aunque al final nos decidimos por uno.

Primero mi papá sugirió una pelea entre mi hermano y yo que terminó en golpes hasta que él llegó a separarnos, pero la idea no nos pareció ni a mi hermano ni a mí porque eso exentaba a mi padre de toda culpa.

Luego sugirió que yo ya estaba dormida mientras ellos veían la televisión, y de pronto escucharon un golpe desde mi recámara, fueron corriendo a ver qué había sucedido, y me encontraron tirada en el suelo: había tenido una pesadilla y sin querer me caí de la cama, golpeándome con el buró. A mí no me gustó mucho esa idea porque me hacía ver muy tonta, pero acepté porque era lo mejor para todos.

Mamá regresó del rosario con galletas y café en mano, mismas que azotaron en el ya adolorido piso cuando me vio la cara. Los ojos casi le explotan de tanto que los abrió, y gritó casi para quedarse luego sin voz:
-¡Qué pasó aquí!

Los nervios se apoderaron de nosotros cuando entró a mi cuarto y vio el inconsolable buró con una pata rota. Mi hermano, mi papá y yo, sólo agachamos la cabeza y escuchamos la regañiza que mi madre nos puso. El más castigado esa noche fue mi papá, que tuvo que asumir la culpa por los tres, pues por supuesto mi madre no creyó nuestra mentira. Nos mandaron a la cama sin cenar, y papá nos acompañó a cada uno a la recámara. Cuando tocó mi turno, me dio un beso de buenas noches y me dijo que fui muy valiente, porque él sabía que mi chipote me dolía muchísimo. Estaba orgulloso de mí, y me prometió que al día siguiente se inventaría algo para que volviéramos a jugar a las luchas sin que mamá nos regañara.

Recuerdo a mi padre guiñándome el ojo y apagando la luz de mi cuarto. Los juegos de niños eran también para él. Jamás nos regañó por jugar en la tierra o hacernos caras a la hora de la comida, al contrario, él se unió a nuestros juegos tontos, asumiendo el papel de hermano mayor regañado. Hacía lo que fuera por vernos felices.

8.5.12

El frasco de mayonesa


Era la hora de la comida. Mi madre, con un grito sutil, nos reunió en el comedor. Sentados en la mesa redonda con espacio para cuatro personas, mi padre, mi hermano mayor, y yo, estábamos listos para satisfacer el hambre que alborotaba a nuestras tripas.
Mamá tenía la costumbre de ser la última en ocupar su lugar en la mesa; así, cada vez que anunciaba que la comida estaba lista, tenían que pasar unos diez minutos para que pudiéramos comenzar a devorar. Ése día, un frasco de mayonesa fue el culpable del retraso de mamá; la tapa estaba tan bien sellada, que se requería un esfuerzo brutal para aflojarla.
La ensalada de atún esperaba, más ansiosa incluso que nosotros, que la mayonesa dentro del frasco se vertiera por fin sobre ella, para convertirse en la más seductora ensalada jamás hecha.
¾¡Ay, no puedo abrirlo! ¾, dijo mi madre después de mantener una lucha estéril contra el reacio frasco de vidrio.
¾¡Mujer!, qué tan difícil puede ser abrir un inocente frasco de mayonesa. Eres una débil¾, dijo mi padre dirigiéndose con semblante socarrón a mamá.
Mientras ambos discutían, mi hermano y yo suplicábamos que aquello no fuera a convertirse en una riña conyugal, pues teníamos ya mucha hambre y un incidente así arruinaría nuestra hora preferida del día: la hora de comer.
¾Bueno, intenta abrirlo tú, a ver si es cierto que es algo tan fácil¾, dijo mi mamá.
¾A ver, pues, tráe para acá ese chingado frasco, ya parece que me va a ganar¾, alegó mi papá.
Las manos de mi padre eran grandes, carnosas, con una cantidad incontable de venas saltadas y gruesas; esas manos campesinas, acostumbradas al trabajo duro, advertían la fuerza física de mi padre, un hombre muy fuerte, para mí, el más fuerte de todos los hombres sobre la tierra.
Tomó entonces el frasco, que casi sucumbía entre las dos manos gigantescas. Pobre envase de vidrio, de haber sido un ser viviente, aseguro que hubiera querido escapar al ataque del hombre de manos corpulentas.
Para ese entonces, mi hermano y yo habíamos olvidado el hambre que nos mordisqueaba los intestinos y preferimos concentrarnos en el acto trágico que destrozaría para siempre la inocente obstinación del frasco de mayonesa.
¾Ah, cabrón. No puedo¾, dijo mi padre con los ojos saltados y la cara roja de tanto pujar.
Insistió un par de veces más, pero en apariencia, nada sucedió. Imposible, pensé, con la confianza inquieta de que Dios nos jugaba una broma patética que a nadie provocaría risa mas que a él.
¾¡Ah, verdad! No me creías¾ dijo al fin mi madre, con aire triunfal.
¾Es que sí está muy apretado. No, de plano no puedo, a esta madre le pusieron resistol. A ver, Karla, inténtalo tú¾.
Por qué se le ocurriría a mi padre que una niña de 7 años podría resolver el problema que ni él, con toda su fuerza, pudo solucionar. ¿Acaso quería compartir conmigo su humillación?
¾No voy a poder, ¿cómo se te ocurre, papi? ¾
¾Una orden es una orden, y yo te estoy ordenando que lo abras¾.
Me ofendió la voz despótica de mi padre. Desde antes de iniciar la misión, me sentí  vencida; su autoritarismo a veces superaba los límites.
Tomé de mala gana el dichoso frasco de mayonesa. Mis manos apenas lograban abarcar la anchura del envase, tuve que acomodarlo debajo de mi axila izquierda para apoyarme mejor. Toda mi concentración reposaba en la tarea de abrir el frasco, nada en ese momento me importaba más. Era el frasco, o mi dignidad. Puse todas mis fuerzas en mi mano derecha, que se arrojó sin recato sobre la tapa de aluminio que entorpecía nuestra alegría culinaria.
¾¡Lo abriste! ¾, cantaron todos al mismo tiempo, ¾¡Abriste el frasco! ¡Sí pudiste! ¾
Aquello parecía una fiesta porque al fin pudimos comer, y una sonrisa persistente me acompañó durante toda la comida. No me alegré por haber abierto el frasco; me alegró, más bien, el guiño delator de mi cómplice. Mi padre me quería mucho.

16.4.12

Reconocerse miserable

François-Joseph Durand 
Todos somos miserables. En mayor o menor medida, todos lo somos. El otro día, cuando lo vi caminar frente a mi ventana, me di cuenta de que ya era un viejo. Un viejo olvidadizo y olvidado. Representaba una sombra deslizándose titubeante por la calle; si se le veía de perfil, parecía uno de esos caramelos navideños de menta, rojiblancos, que parecen bastoncitos, con la punta gacha. La mirada encorvada, descansando en el suelo, era el testimonio de que desde hacía muchos años ya no le interesaba ver el mundo de frente. Las manos carcomidas por el paso de los años se refugiaban en el calor de las bolsas de su chaqueta café, la misma de todos los inviernos desde que tengo memoria. La corona de espigas plateadas que adornaba su cráneo recibía resignada los rayos incipientes del sol, y un halo de tristeza emanaba de su figura como perfume delator a cada paso que intentaba dar.
            Salí de casa. Lo saludé. Mi mano derecha lúcida y soberbia recibió el apretón de la suya, demacrada y decrépita.
–¿Cómo está, don Lázaro? –le pregunté con una sonrisa discreta.
Algún polvo malvado ensució su garganta y le impidió responder como hubiera deseado. Qué increíble que el esbozo de una palabra tan sencilla se convierta en una tarea titánica cuando el paso de los años ya no se puede disimular. Don Lázaro me tosió en la cara sin querer mientras me hacía un gesto de afirmación con la cabeza y engarruñaba los ojos. Con ese ademán abstracto, el viejo quiso decirme que estaba bien. Pero una voz embustera que sólo yo podía escuchar me dijo que mentía. Era más bien el afán de querer inventarle algo interesante a mi vida. Según yo, nunca lo había visto tan mal. Y es que, más bien, nunca lo había observado, jamás presté tanta atención a la presencia gris del anciano del vecindario, hasta el día en que Elvia murió. Ese día tuve tiempo de examinarlo minuciosamente, estaba asomándome por la ventana de mi recámara, esperando que sucediera nada, sumergido en la decrepitud prematura de un miserable como yo. Don Lázaro interrumpió mi aletargamiento con sus gemidos de anciano que quiere expulsar su alma por la garganta, el tiempo que ocupaba en cruzar por mi casa era eterno, fue cuando me di cuenta de que ya era un viejo. Y sentí lástima por él. Tal vez fue por eso que salí casi corriendo a su encuentro, quería abrazarlo y decirle que no se sintiera solo, me interesaba consolarlo, no permitir que llorara, darle ánimos, porque él lo necesitaba. Me necesitaba. Alguien me necesitaba. En este ingrato mundo alguien tenía que necesitarme. Pero, cuando estuve frente a él, me vi desde lejos y me sentí tan imbécil que lo único que salió de mi boca fue el torpe saludo de siempre, cómo está, don  Lázaro.
Abatido por el nuevo fracaso, volví al enclaustramiento de mi casa vacía. A lo lejos seguía oyendo que don Lázaro escupía gargajos de su alma. Me gustaría poder escupir la mía de un solo esfuerzo. Con el fondo musical de una garganta raspando saliva, el escalofrío de la soledad me desnudó. Cada milímetro de mi piel crispada amenazaba con desprenderse, ni ella quería permanecer conmigo. Mientras, jaladas por la gravedad, gotas suicidas de agua salada escapaban de mis ojos y se estrellaban en el suelo. Ahí estaba yo, de pie, desnudo y con ropa, en medio de la frialdad de mi casa vacía, recordando a don Lázaro y su decrepitud, con la imagen de sus pasos lentos y pacientes dibujada en la cabeza, sintiendo lástima por él, sólo porque ya era un viejo y estaba solo. Y yo, con menos de la mitad de sus años, estaba solo, también. ¿Por quién habría que sentir lástima, entonces? ¿Quién era el más miserable de los dos? Más bien, ¿quién es más miserable en este mundo de miserables?
Sé que hablando de ella no haré que regrese a este mundo, pero al menos tendré la certeza de haber dejado memoria del amor que le tuve, del amor que siempre le tendré. Elvia fue la inspiración de mi vida. Antes de conocerla, jamás pensé que podría encontrar a alguien con las características de una mujer así. Elvia, sencillamente hermosa. Refulgente. Inefable. La mejor etapa de mi vida la pasé junto a ella. Nos conocimos en el hospital, un lugar poco común para encontrarte con el amor, pero a veces el destino te ofrece oportunidades disfrazadas de desgracias. La clínica número 16 del Instituto de Seguridad Social del Sindicato de Trabajadores del Estado (las siglas desglosadas del ISSSTE son tan rimbombantes que hasta parece que hablamos de un lugar decente), era, es, la vecindad de muchos pobres enfermos pobres, que damos gracias a dios padre nuestro misericordioso y lleno de bondad, por darnos la maravillosa oportunidad de contar con la seguridad de asistencia médica si algún malestar se presentara, sin importar que nos traten como lo que somos: unos miserables al cuidado de otros miserables con oficio y bata blanca.
Me tiembla la boca y los ojos casi se me escapan cuando recuerdo lo que pasó. Una operación que empeoró su salud “por razones desconocidas”; la negligencia de algunos seudodoctores mató a mi Elvia. Ella, que solamente había acudido a urgencias por un dolor tremendo en el estómago, llegó a la clínica para pasar allí el corto resto de su existencia. El cuarto 32, en el tercer piso del edificio, fue su casa. Tenía dos vecinos en la misma pieza, entre ellos estaba yo, obligado a pasar dos semanas en ese asqueroso lugar por culpa de una caída que me fracturó la cadera. Cuando me acomodaron en mi cama, junto a la ventana que regalaba una vista panorámica de las escaleras externas del hospital, y nada más, Elvia estaba dormida. Era mi vecina de en medio, a la orilla, cerca de la puerta, una jovencita que dormía durante todo el día y se quejaba toda la noche, completaba la tercia de moribundos en el cuarto blanco y con olor  a cloro revuelto con trapeadores sucios. Durante mi resignada estancia en ese lugar, mi hermano menor se encargó de cuidarme, más obligado por la norma no escrita de las costumbres estúpidas que tienen algunas familias de apoyarse en las buenas y en las malas. Pero ya no quiero hablar de mí, sino de Elvia. Elvia pasaba los días adherida a la cama, y se perdía en el color blanco de las sábanas, como una hoja transparente, con los ojos medio abiertos, o medio cerrados, jamás logré diferenciar cuándo era una cosa y cuándo la otra. No hacía ruido. Su presencia era delicada, muy sutil, creo que sólo yo la notaba. Elvia era tan insignificante para los demás. Nadie jamás la fue a visitar, me dio lástima al  principio, yo al menos tenía el apoyo obligado de mi hermano, con quien ningún lazo sentimental me unía más que el irrefutable hecho de que éramos familia. Mi Elvia no tenía a nadie. También ella era una miserable, pero no lo sabía.
Cuando llegué al hospital, como dije, ella estaba dormida, con la boca entreabierta, exhalando un humo invisible que sonaba como el chiflido incipiente del niño que está aprendiendo a silbar. Parecía que cantaba. A ratos, no sé si lo imaginé, pero la veía sonreír. Muy levemente. La comisura izquierda de sus labios se alargaba un poco más que la otra, era una sonrisa torcida, encantadora. Desde que llegué me quedé contemplándola, cualquier cosa era entretenida en ese lugar. Me aprendí el ritmo de su respiración, cada tres inhalaciones, un suspiro profundo, y la sonrisa asomándose un poco. Estaba tan concentrado en mi observación, que no me di cuenta cuando Elvia despertó.
-¿Qué me miras? –preguntó molesta.
El bochorno de haber sido sorprendido sonrojó mis mejillas y me hizo tartamudear. Le dije que estaba viendo nada, que mis ojos estaban posados en su boca pero que realmente no la estaban viendo a ella, y por supuesto que me escuché ridículo cuando le dije que no se diera tanta importancia. Elvia sonrió, esta vez lo hizo con toda su boca, y conocí sus dientes insubordinados, renuentes a formar una línea recta. Me cautivó. No supe por qué se reía, y se lo pregunté.
-No sé. Te miras chistoso con ese gallo en el pelo.
Me fascinó su manera de hablar, la palabra mirar se escuchaba tan graciosa en su boca.
Me escupí la mano y embarré el gel salivoso en el “gallo” que posaba sobre mi cabeza. A Elvia le dio aún más risa mi método. Me reí yo también, y ambos explotamos en una caudalosa carcajada. La tercera vecina, que dormía como casi siempre, hizo un gemido que Elvia y yo interpretamos como una invitación a callarnos. Así lo hicimos. Después de un momento de silencio le pregunté a Elvia cuál era su nombre. Me respondió con un hilo de voz, sobándose la panza porque el esfuerzo de reírse ya le había causado dolor.
-Y tú, ¿cómo te llamas?
-Gastón. Me llamo Gastón
-Ah, pues, mucho gusto, Gastón –dijo sin voltear a verme, haciendo una mueca de dolor.
-¿Cuánto tiempo llevas aquí?
Sus ojos se difuminaron.
-Mañana cumplo dos meses –Elvia quería llorar, pero no soltó ninguna lágrima.
No me atreví a preguntarle por qué llevaba tanto tiempo ahí, por la manera en que reaccionó me pareció que sería demasiada indiscreción de mi parte. Tal vez, cuando hubiera pasado un poco más de tiempo, tendría la confianza para preguntárselo sin que me tomara como un chismoso. Eran las cuatro de la tarde. Hora de visita. Elvia y yo no pudimos continuar nuestra conversación porque llegó mi hermano. Pasó una hora y él se fue, nada relevante sucedió mientras él estuvo ahí, ni el primer día, ni el segundo, ni nunca.
Pasaron los días y Elvia y yo nos acostumbramos el uno a la otra. Todos los días, cuando me despertaba, lo primero que hacía era decir su nombre en voz alta, Elvia abría los ojos cuando yo lo repetía por tercera vez, siempre era así. Luego volteábamos a vernos, ella giraba su cabeza a la derecha, yo a la izquierda, y nuestros ojos legañosos se saludaban. Nos sonreíamos, y ella me mostraba sus dientes deshilachados. Luego pasábamos el resto del día platicando sobre una infinidad de temas, siempre nos estábamos riendo. Elvia tenía el cabello espigado, negro como el ébano, insubordinado como sus dientes. Cada vez que la atacaba la risa, movía su cabeza tan rápido que el manto negro se le alborotaba como bailando una danza erótica. Yo era feliz contemplando a Elvia. Sé que ella también fue feliz mientras estuvimos juntos, jamás me lo dijo, pero lo sé, la delataban sus ojos, que brillaban escandalosamente cuando me veían. Y su sonrisa, sus dientes malformados hipnotizaban. Elvia era el paraíso. Parecía una niña, me sorprendía que aunque había tenido una vida tan difícil, la ternura no había desaparecido de su rostro, aún conservaba la belleza infantil, escondida en cada cicatriz de su cara. Un día, mientras jugábamos a adivinar nuestros secretos, le pregunté por qué nadie iba a visitarla. No pensó la respuesta. Contestó en automático, sin prestar atención a lo que decía. Me dijo que no tenía familia.
-Bueno, sí tengo, pero como si no existiera. Mi mamá tiene su vida muy aparte de mí. Papá no tengo. Y pues tampoco tengo hermanos, o si los tengo ni los conozco. Has de cuenta que siempre he sido yo sola. Yo sé que mi mamá me quiere y todo, pero pues ella quiere vivir su vida, me tuvo cuando era muy jovencita, y pues se quedó con  ganas de disfrutar muchas cosas. Yo la entiendo.
Elvia se había convencido de que todo estaba bien. Había aprendido a aceptar su destino como se presentara. Era una mujer fuerte. Jamás la vi llorar. Cuando una lágrima estaba a punto de escaparse de sus ojos, respiraba profundo y hablaba de otra cosa. Supe pocas cosas de su vida, no me interesaba mucho el tema. Tenía suficiente con la Elvia que conocí y que siempre sonreía, aunque su vida se estuviera esfumando. Elvia me inyectó el gusto por la vida.

Me dieron de alta en el hospital y seguí visitando a mi Elvia. Cada día su rostro se sumergía más en la opacidad. Elvia dejó de sonreír, ya no tenía fuerza para hacerlo. Algo dentro de mi corazón hizo que retumbara de dolor la última vez que la vi con vida, con sus ojitos callados, a medio abrir, y ya sin brillo.
De su boca jamás escuché que me quería, y yo tampoco le confesé mi amor. Pero ambos sabíamos que nos habíamos enamorado para siempre. Mi Elvia me espera, y yo, en casa, con la única compañía del eco de mi voz, no puedo decidir si quiero alcanzarla, porque soy un cobarde, y sentí una envidia terrible cuando vi a Don Lázaro caminar con todo y su vejez por la banqueta de mi casa, tan ajeno a lo que me está pasando. Ese viejo que tose como si su garganta se fuera desmoronando en cada esfuerzo.

Pero, ¿con qué derecho me atrevo a señalarlo como un pobre miserable, si el anciano es feliz con su decrepitud? El miserable soy yo.

8.4.12

Aquí nada pasó

Jamás volveremos a vernos. Su vida ya no me incluye. Pensé que era un capricho de esos que le caracterizan, pero me equivoqué. En verdad ya me ha olvidado. Y ahora quien se lastima por la horrenda sensación de no formar parte de sus planes, soy yo.

Los años pasan y con ellos pasa la vida, y las experiencias, y las aventuras. Con los años también llega la nostalgia de "aquellos ayeres", las reflexiones y, tal vez, alguno que otro arrepentimiento. Yo no me arrepiento de nada, sólo de haberle querido tanto, lo suficiente como para no juzgar sus acciones cuando tuve la oportunidad de hacerlo. Nunca me atreví a reclamarle nada, ni en broma. Así me educó, como si desde el principio supiera que algún día cometería ese error. Se anticipó a mi desprecio y a mi derecho de exigir explicaciones.

No sé si ahora vive feliz, Sólo sé que ya no existo en su vida como aquella niña dueña de su corazón. Duele, claro que duele. Se retuercen las entrañas y la garganta se cierra como para no dejar salir el alma; los ojos se convierten en agua, las fosas nasales ahora son cascadas de agua espesa. Tiemblan las manos. Tiemblo yo.

Nada me haría más feliz que uno de sus abrazos.

6.5.11

El ejemplo de mi padre


-Mentiroso.
Fue todo lo que dijo mi padre la tarde que le desobedecí. No gritó ni me dio un jalón de orejas y tampoco exigió que me metiera a la casa y guardara la bicicleta. La palabra que sus gruesos labios pronunciaron bastó para que me sintiera avergonzado.
Siempre sentí admiración por mi padre, la disciplina fue la antorcha encendida con la que gobernó en casa. Él tuvo una infancia difícil y austera, y no quería que sus hijos creciéramos sin aprender a valorar la vida. A veces exageraba. Decía que todo lo que quisiéramos obtener, tendríamos que merecerlo, incluso los permisos para salir a jugar con nuestros amigos. La palabra de mi papá era ley.  Su voz grave e imperativa fue el arma con la que nos educó. Yo ansiaba convertirme en un adulto para ser como él.
Hace 15 años era un niño, y ese día, animado por la insistencia de mis amigos y la euforia de manejar mi bicicleta nueva a una distancia más larga, me atreví a cruzar al otro lado de la colonia, a la cerrada Luis Méndez. Mi padre me tenía prohibido pararme en ese lugar, se enfurecía si tan sólo le mencionaba la posibilidad de ir para allá. Nunca me dijo por qué, y siempre tuve curiosidad. Mi papá jamás ofrecía explicaciones más allá de un “porque soy tu padre” con el entrecejo arrugado y el dedo índice de su mano derecha apuntándome como una pistola. Eso bastaba para entender.
Me metí, pues, montado en mi bicicleta a la otra cerrada, acompañado de mis amigos. Ni siquiera estaba tan lejos y no tenía nada de peligrosa, no le vi nada de malo, era igual a donde vivíamos. Dimos un par de vueltas y regresamos, aburridos y decepcionados por no haber encontrado nada nuevo, salvo la señora que nos gritó desde la ventana de su casa que si no éramos de ahí nos regresáramos a nuestra calle, vieja loca, pensamos. Estábamos atravesando el umbral que divide las dos cerradas, y al mismo tiempo, desde el otro extremo de la calle, mi padre aparecía como la sombra de una película de terror. La cuadra estaba ahogada por largas hileras de casas, parecía un laberinto, así que se podía llegar a ella desde rincones inimaginables. Hasta hacía dos años no sabía de dónde venía él, mucho tiempo pensé que ese día estaba en casa dormido. Por supuesto no me atreví a preguntárselo.
Cuando mis ojos se cruzaron con los suyos, me congelé. Un escalofrío recorrió mi cuerpo como burlándose de mí. Solté la bicicleta y azotó contra el suelo. Mi padre sereno, como siempre se mostró, seguía caminando, hasta se atrevió a sonreír. Mis ojos no dejaban de seguirlo y él caminaba con la mirada agachada, como entretenido contando sus pasos. Cuando llegó a la esquina de la casa, se detuvo, levantó la cara y me apuntó con su mirada, sonrió una vez más y moviendo la cabeza de lado a lado, me lo dijo: mentiroso. El señor de bigote crespo y cejas de gorila me dijo mentiroso frente a mis amigos del barrio.
Lo peor que yo podía hacer mientras fui niño era decepcionar a mi padre, y esa tarde lo hice. Después de esa ocasión, las cosas no cambiaron mucho, la pena me duró unos cuantos días y después volví a ser feliz. Pero jamás olvidé ese momento. Había decidido conservarlo en mi memoria para platicarles la anécdota a mis hijos cuando los tuviera, y aprovechar para decirles cómo mi padre me había dado cátedras de educación, que los golpes no eran necesarios, y tampoco los gritos. Era estricto, sí, pero fomentando el sentido de la responsabilidad sobre nuestras acciones era como se educaba a los hijos. Claro que sí.
Apenas ayer recordaba por penúltima vez mi anécdota de la infancia, mientras veía a mi padre comiendo solo en casa. Lo fui a visitar como cada semana. Se divorció de mi madre hace un par de años, porque descubrí quién era la vieja loca que nos gritó aquella vez que atravesamos la cerrada. Ya estaba chavo, y cuando vi a mi padre salir de la casa de la vieja loca acompañado de la vieja loca que le besaba el cuello como vieja loca y le decía que todavía no se fuera y que hacía unos años nos había gritado a nosotros que sí nos fuéramos, volví a soltar la bicicleta, otra bicicleta, y esta vez el ruido que hizo al estrellarse con el suelo provocó que mi padre volteara a verme. Me recordó tanto a mí la vez que le desobedecí. El coraje que sentí fue mucho pero fueron mayores las ganas de repetir la escena, ahora a la inversa, y así fue como, sonriendo un poco y meneando la cabeza de un lado a otro, le dije a mi padre que me veía congelado:
-Mentiroso.

12.2.11

El último grito de Carlos Montemayor

Comparto el texto leído por una servidora en la presentación de la novela póstuma  de Carlos Montemayor "Las mujeres del alba", el sábado 12 de febrero en la sala audiovisual de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. Con la presencia de Susana de la Garza.
 
“Y eso me bastó, saber que estaba bien. Mi hijo seguía en la lucha. Y quien está en la lucha mide el tiempo de otra manera. Mide también la muerte y la vida de otra forma.”
Herculana en Las mujeres del alba, de Carlos Montemayor.

Hay gritos que de tan estruendosos, no se alcanzan a entender, lastiman los oídos y producen molestia. Hay otros gritos, sin embargo, prudentes, elocuentes, incluso melodiosos, agradan al oído y hasta incitan a gritar también. Los gritos de Carlos Montemayor siempre fueron del segundo tipo. Hoy hablaremos de uno en especial, uno que es fuerte, pero no aturde ni espanta, porque es solidario. Qué mejor manera de despedirse del mundo que con un grito que, de tan sentido, haga resonar el corazón de cada lector. Es como si el sui géneris Carlos Montemayor ya supiera que con Las mujeres del alba nos diría adiós. Éste, su último grito, dosificado en 217 páginas inundadas de melancolía, es el retrato de ellas, que han existido siempre; gritaron por mucho tiempo y solamente escuchaban el eco vacío de sus voces, lejos, deshilachado. Carlos Montemayor congregó los gritos de 16 Mujeres de Madera, los transformó en palabra escrita, para mostrarlos a través de un estilo literario sencillo, franco, que no desfigura la esencia de las historias reveladas. Las mujeres del alba se vive y se siente, provoca coraje, tristeza, impotencia y orgullo; un remolino de emociones que chocan, un grito que al adherirse a la fuerza insubordinada del viento, se escucha por todas partes. Las narradoras de la última novela de Carlos Montemayor son madres, hijas, hermanas, esposas, abuelas, compañeras, mujeres; pretiles en la lucha guerrillera. Mujeres reales, de madera resistente, llenas de brío, que aguantaron hasta el final y enfrentaron con valentía los infortunios que el combate representó, después del asalto al cuartel Madera, en la sierra de Chihuahua, el 23 de septiembre de 1965. Mensajeras, administradoras, cómplices, la lucha era también consigo mismas.
El “especialista en cuestiones clandestinas”, investigó y escribió mucho acerca del tema de la guerrilla en el país. Guerra en el paraíso es el libro con el que Montemayor muestra como eje principal la figura del guerrillero Lucio Cabañas, maestro rural y líder estudiantil que durante la década de los 70’s combatió en la sierra de Guerrero. Más adelante, en el 2003 publica Las armas del alba, una novela en la que abordó el tema de la guerrilla en Chihuahua desde la experiencia vivida de los hombres que participaron en ella. La historia, definida por el propio Montemayor como un conglomerado de “arte y revelación”, porque los testimonios narrados no eran producto de sus conjeturas, sino el resultado de un trabajo de investigación y entrevistas con una trama novelada, es la primera parte de una historia que se completa con Las mujeres del alba.
La narración sucede en forma de flashazos, de luces intermitentes bailando desordenadas, caóticas. Fragmentos de realidad. La figura es abstracta al inicio, no logramos hallarle forma sino hasta que avanzamos en la lectura; las cosas suceden ahora despacio, a un ritmo que se puede soportar, y al final, súbitamente, la última acción llega sin aviso. Hay sorpresas, la mayoría no son gratas. Cada relato es un descubrimiento que nos da pistas para llegar al siguiente. Es maravilloso cómo la misma historia puede ser platicada de distintas formas, desde distintas trincheras. Las mujeres del alba exhibe en cada página la habilidad descriptiva del autor, que evoca imágenes y sensaciones precisas, lugares, personas, aromas. La calidad literaria está presente y permite sentir de cerca las palabras de cada mujer que en este libro habla. Da la sensación de que estamos ahí, oyéndolas; cuando Albertina habló, la escuché tan abrumada, que me angustié yo también: “El tiroteo aumentaba por el rumbo de los cuarteles y de los talleres de los ferrocarriles. Había explosiones de bombas. Me asomé por la ventana: estaba oscuro, nada podía ver. Salí al corral y a lo lejos vi el espejo quieto y negro de la laguna. Olía a humedad, a lluvia reciente; la tierra en el corral estaba reblandecida, lodosa. Me sentía atrapada por la oscuridad, por el tiroteo y las voces. Quise gritar también, correr hacia la laguna. Sentía la muerte, el presentimiento, la delicada luz del amanecer que no soportaría estas cosas.”  Las descripciones son breves, pero aniquilan en muchas ocasiones, y el ánimo del lector se cuartea, porque la conciencia no puede ser ajena a la desgracia humana.
La fortaleza de las 16 compañeras de lucha, la vi representada en Alma, la madre, cuando dice, primero: “Yo tenía mi lucha también. Una lucha interior, conmigo misma. Pensaba en él, en qué iría a hacer, en qué andaría. Con frecuencia yo sentía miedo, tenía dudas sobre lo que debía ser mejor para todos, para mis hijos, para él, para mí misma.”, y más adelante, escupiendo el dolor de haber perdido a su marido: “Yo prefiero guardar mi dolor a que lo vean mis hijos o mi madre. Prefiero callar. Sufrir en este silencio, en esta noche en que todo parece interminable.” Su hija, también llamada Alma, dice después: “Aprendía que no había que llorar ni demostrar debilidad, que había que ser fuertes.” El trabajo de Montemayor es cuidadoso, el interés por estampar la realidad lo más verosímil posible, sin descuidar la calidad narrativa, el lenguaje literario, se ve reflejado en toda la novela. Misma que nos conduce por un campo minado, donde, a cada paso que demos, sentiremos el temor excitante de poner el pie sobre una mina que nos sacuda todo el cuerpo. Dice Estela, la esposa, que “la muerte no es buena para comenzar el día”, como si dijera que tiene hambre. En esta secuencia de luces que prenden y apagan, que lanzan destellos incandescentes, aparecen hileras de palabras que desbordan inquietud: “No reconocí a los otros caídos. Yo deseaba que de algún momento a otro se incorporaran. Todos traían chamarra. El sol estaba elevado ya, pronto sería mediodía, pero sentí más frío, mirando los cuerpos, viendo a mi hijo sin que pudiera abrazarlo, tocarlo, limpiar sus heridas, sacudir su pelo, quitarle el lodo y la sangre. Sin poder llorar como quería, porque no deseaba darle a los soldados la  satisfacción de verme llorar, de mostrar mi sufrimiento, de que se mofaran del dolor.” La misma impotencia se derrama por los ojos que leen cuando Albertina, la madre del profesor Arturo Gámiz, uno de los caídos, recuerda la orden que dio el gobernador de Chihuahua: “‘Entierren a todos allá, en fosa común’ (…) ‘querían tierra, pues denles tierra hasta que se harten’”. La novela que inicia con Monserrat, la madre, concluye con el relato de Monserrat, la hija, se siente satisfecha por el papel que le tocó jugar en esta lucha, y habla de su padre con orgullo: “Y yo estaba hecha para entender que mi padre seguía luchando y yo respetaba su lucha. Yo no podía pensar algo que no fuera la lucha de mi padre, que no fuera ése su destino. Y su lucha llenaba mi mente, mi corazón.”
Las mujeres del alba es una novela que destruye la pared que separa al espectador de la obra. El libro abierto saca las manos y nos toma de la cabeza, nos jala hacia las entrañas de un remolino, desde donde surgen todos los relatos que nos cuenta.  Escrita a mano, con la pluma fuente que Carlos Montemayor más apreciaba, es una obra que trasciende. Nos toca la piel, profundiza y nos grita en el corazón, lo hace retumbar, porque el grito es fuerte, pero elocuente, solidario, y nos anima a querer gritar una vez que terminamos el viaje guerrillero de  las mujeres que con el alba despiertan y vislumbran el mundo mejor por el que Arturo Gámiz luchó, aquel mundo por el que murió.
He leído la novela, y releído fragmentos de ella. Qué lástima que Carlos Montemayor no seguirá escribiendo. Las mujeres del alba se almacena en el almanaque de mi memoria como el último grito de Montemayor, un grito que se lanza para encontrar eco en nosotros, los lectores.

10.1.11

Su yo desdoblado

13 x 20 cm, 216 pp., 2009 / Precio | 120.00
Género | Narrativa / Colección: Narrativa

Cada cuartilla parida será como una parte de su yo desdoblado.

Jaime Muñoz, Parábola del moribundo


Una parábola es la narración de un suceso fingido del que se deriva una enseñanza. La “Parábola del moribundo” Jaime Muñoz (Gómez Palacio, Durango, 1964) es un viaje, tal vez no real, aunque sí realista, de 214 páginas a la vida de un menguado poeta torreonense que no tiene esperanza de trascender en su oficio, hasta que algo sucede. Bajo la estampa de La Cabra Ediciones, “Parábola del Moribundo” se fracciona en diez capítulos con exquisita narración. Leerlos es conducir un deportivo por el free way, rapidito y sin semáforos.
            La novela recluta la atención del lector desde la primera página con un terrible hacinamiento de palabras mal escritas que obligan a desplanchar la frente: “Sobre mi mesa de trabajo lucían dos billetes primorosos y una tarjeta de agradecimiento: Vine, Grasias mil por todo. es Ud. persona exelente. Le agradesco muchisimo la ayuda; No sabe cuanto me hayudarón sus palabras. Ya Cayó. A nasido Otra Esperanza Su amigo VICENTE.” Dan ganas de continuar la lectura para encontrar la justificación de aquellos disparates ortográficos que, por supuesto, el autor, con la comisura derecha de los labios más levantada que la otra, sabe que exigimos.
            La eterna introspección de Santiago Macías, pobretón a causa de su vocación, es un río que desborda imágenes de la tétrica realidad literaria de provincia. Resulta imposible no comparar las situaciones leídas con la surrealidad de la realidad; las seudodamas de la caridad, los seudoperiodistas, los seudoescritores intelectualoides, los seudofuncionarios públicos, los despreciables seres ordinarios representados en Vicente, su nefasto y querido mecenas, quien además es la especia que le da sabor y picardía a su apagada vida, son personajes de una verosimilitud tal, que a momentos tendremos la impresión de estar leyendo una parodia.
            “Escribir aquí era una calamidad. Hay tantos libros, tantos buenos autores y tan pocos lectores”. La crítica a la falta de interés y apoyo a la cultura literaria es la esencia de este sabroso libro. Pero a Jaime Muñoz le gusta ser atractivo, y sabe que la mejor manera de “ligarse” al lector es siendo sencillo; se pule con los ingeniosos juegos de palabras que ofrece, y el humor que maneja es la pura imagen de la irreverencia. Sus ejemplos son tan cercanos que fácilmente nos introduce en la historia. Y no dejemos de lado el flujo y ritmo de la narración que es impecable y lo que más le admiro al autor.
            “Parábola del moribundo”, de venta en Educal, la escribió un náufrago en el desierto que se reivindica como escritor talentoso y digno de emulación. Y, como toda parábola, ésta también deja una enseñanza. Le invito a descubrirla.

6.1.11

Esto que ves es un rostro… y sólo él puede llorar como lo hace.

Lolita Bosch

“Te miras y te dices que sin duda eres alguien, que ése del espejo eres tú. Y eres tú. Pero no hay nadie.”
Miguel Morey, Deseo de ser piel roja (1994)

Sí, me ha pasado. Verme en el espejo y no entender más allá de mi boca, de mis ojos, de mis cejas, de mi rostro; me ha pasado. ¿Qué pasa cuando pensamos en nuestra muerte, la muerte, como algo que va a suceder inevitablemente y que por esta razón nos provoca un sentimiento terrible de desesperanza e incertidumbre? ¿Qué, cuando miramos al espejo y vemos nuestro rostro más que muerto, aun antes de que hayamos muerto?
“Esto que ves es un rostro”, primera novela de la escritora española Lolita Bosch es un cúmulo de reflexiones internas que se pudiera hacer cualquiera de nosotros al mirarnos frente a la muerte, y que provocará hacernos esas preguntas existencialistas para las que casi nunca tenemos respuesta. Aquí encontraremos reflejados los temores del ser humano mediante un diálogo interno que nos conducirá al terrible desenlace de la trama, nuestra trama: inevitablemente morimos, a veces incluso antes de morir, morimos, sin entender quiénes somos, quiénes fuimos, qué hay (había) dentro de nosotros. Las terribles reflexiones que emergen a partir tan solo de la mera contemplación de una cara son perturbadoras.
El estilo con que la Bosch escribe resulta peculiar; el uso reducido de las comas a lo largo de toda la novela es algo que nos permite leer con mayor soltura y adentrarnos con más confianza a ese diálogo interno que de súbito pareciera que hacemos con nosotros mismos; logra inmediatamente hacer conexión con el lector sumergiéndolo en su mar de reclamos y preguntas.
Este diálogo personal, además de ir cargado de mucha energía, de muchas verdades, de asomar la inmensa vulnerabilidad del individuo ante la muerte, es también una muestra de que no siempre los actos de rebeldía literaria son injustificados. A Lolita Bosch quiero seguirla leyendo.

16.12.10

La nostalgia manifiesta en las plumas de tres escritores laguneros


El realismo socialista de David Alfaro Siqueiros.
Karla Alvízar

A pesar de que fuese homogénea la interpretación que en un sentido muy general le pudiéramos dar a la palabra nostalgia, es importante explicar el significado real de ella para entender la intención de su uso en este ejercicio literario; nostalgia, según el portal en internet de la Real Academia de la Lengua, es la tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida. Esclarecido el punto, podemos comenzar con el desarrollo de la hipótesis que brota a partir de la lectura de tres cuentos laguneros.
Las tres historias convergen para platicarnos sobre el amor, la patria y la revolución. Saúl Rosales (Torreón, 1940), Vicente Alfonso (Torreón, 1977), y Jaime Muñoz (Gómez Palacio, 1964) escribieron –en ese orden– tres historias con un sutil sentido de crítica social que los delató como rebeldes con un legítimo espíritu insurrecto, zarandeado por la nostalgia que provoca el recuerdo de la época en que el ideal socialista trascendía las palabras. “Amor en Moscú”[1], “Sirena del Báltico”[2], y “Las grandes Alamedas”[3] son títulos que a simple vista parecieran no tener ninguna relación, sin embargo, una vez que penetremos sus historias notaremos que además de las similitudes en la forma, están hermanados por una misma voluntad, la de escribir con la pluma insubordinada para decir algo, ir más allá de sólo escribir bien; hablar, muchos años después, de un tema que sigue agitándoles la conciencia. Señalo a los tres como escritores reflexivos.
          Los autores forman parte de tres diferentes generaciones de escritores en la Región Lagunera y llama la atención que la distancia generacional, al menos en este caso, resulta inapreciable. Después de leer los cuentos citados es sencillo imaginar al trío de literatos unido por un hilo invisible que los atraviesa por el mismo órgano, no sé con exactitud cuál, pero me atrevo a suponer que se trata del estómago, porque es el primero donde se manifiesta el enojo engendrado por un ideal frustrado. Cada narrador posee su propio sazón y con él cocina historias autónomas y, aunque forma y fondo se exhiben como un binomio inseparable, tratándose de los tres cuentos laguneros le concedo mayor relevancia al fondo. Los tres maquiladores de historias no se conforman con entretener al lector. Lo interesante de los cuentos es el discurso encubierto que a la vez se revela cuando nos permite, a través de la forma (el estilo, la técnica), leer al autor y así captar el fondo. Sin embargo, para poder llegar hasta ahí, tendremos que utilizar un método: iremos desde lo estruendoso hasta más allá de lo inaudible. Como bien lo dijo el propio Saúl Rosales en una de las tantas cátedras que ha ofrecido, las cosas son como somos (son) sus autores; es necesario desentrañar las historias para entender a sus creadores.

I. Lo estruendoso.
En un juicio general, advierto el cuento de Vicente Alfonso –el más joven de los tres escritores– como el más distante en cuanto a similitudes; veo las historias de Rosales y Muñoz más vinculadas, aún así, nuevamente en un sentido general, los tres logran encontrarse y a final de cuentas el conjunto nos obsequia trazos de semejanza merecedores de análisis.
 La tríada de cuentos es relatada en primera persona, sólo “Sirena del Báltico” en esporádicas ocasiones le presta voz a un narrador omnipresente. Sin embargo, solamente en “Las grandes alamedas” se nos revelará el nombre del expositor de la historia. Además, el trío de títulos, construidos con tres palabras cada uno, hace alusión a lo femenino, incluso “Amor en Moscú”; creo que la palabra amor histórica y culturalmente está más relacionada con la figura femenina, cuántos poemas amorosos no han sido dedicados a una mujer.
En contrapeso, encontramos que las tres historias las platica un hombre al que sus creadores –excepto Jaime Muñoz– obligan a salir de su país empujado por fines distintos; en un caso, el arte: “Llegué a San Petersburgo a mediados de octubre. […] El plan era montar la exposición y regresar a México […].”[4]; en el otro caso, el ideal socialista: “[…] estar por fin en una tierra que había ansiado pisar porque sustentaba a la gente que admiraba, la que precisamente cuarenta años antes había consumado la primera revolución socialista […], o, por lo menos, alojaba a sus descendientes.”[5]. En el caso de “Las grandes…”, aunque no es el verdadero protagonista, Pepe Rojas nos habla de su amigo de la infancia, un chilenito de pelo lacio de cazuela que lo salvó de la indiferencia y que, por conflictos políticos en su país, huyó con sus padres, “Llegaron a México sin nada, y el azar los trajo a Torreón […]”[6].
Dos son historias narradas muchos años después de que sucedieron y aparecen como las memorias de un hombre secuestrado por la nostalgia que le alborota el recuerdo de la estación indómita en que se instaló cuando gozaba de juventud. “Amor…” es contada 36 años después, “Las grandes…”, 30. Ambas encuentran su final una vez que transcurre esa cantidad de años. En cambio “Sirena…”, aunque también es narrado en tiempo pasado, jamás muestra fechas exactas (el autor sólo habla de meses), solamente alcanzamos a identificar la época gracias a las casi imperceptibles descripciones que nos ofrece: “La naturaleza dialéctica de Katia me ayudó a […] desterrar un prejuicio heredado de una niñez occidental marcada por la guerra fría.”[7]; además, el cuento concluye con el mismo ritmo de tiempo con que se va narrando, pues la historia termina cuando el protagonista decide quitarse la vida: “[…] hasta que reúne el valor para sacar la pistola y apuntarse a la cabeza. Ojalá ya esté muerto cuando lleguen los guardias.”[8]
En “Amor…” y “Sirena…” las características de la fémina de quien se enamoran los protagonistas son similares: de entrada, ambas son rusas, por consecuencia, de rasgos físicos parecidos; en la historia amorosa, son ellas quienes toman la iniciativa para propiciar la relación. Mientras en “Amor…” Olga se nos presenta como una mujer comprometida con la lucha socialista de su país y entregada por completo a esta forma de vida, por otro lado Katia, en “Sirena…”, no profesa explícitamente ningún tipo de creencia política; sin embargo, la crítica social del autor, otra vez sutil, se deja ver cuando la rusa se niega a abandonar su país, haciendo evidente la desdicha que en esa época vivía la clase oprimida en Rusia: “No puedo ir contigo […]. No quiero cambiar otra vez, estoy acostumbrada a la vida aquí. Prefiero la tristeza de un invierno continuo a disolver las esperanzas en el sol improbable de un verano que tal vez no llegue nunca.”[9]
         El último comentario que me surge antes de continuar con el fondo de los cuentos se refiere al estilo narrativo de los autores. En realidad, los tres escritores manejan un estilo romántico, quiero decir, la carátula de los cuentos es una historia de amor, amor inclinado a la nostalgia; aunque como se mencionó cuartillas arriba, cada uno le puso su condimento. De los tres individualmente, comentaré el aspecto que más disfruté[10]. De Rosales, el juego de palabras que más allá de resultar melodioso para el oído, nos explica el sentir del protagonista, y bosquejamos una sonrisa discreta porque lo entendemos, incluso queremos solidarizarnos con él: “Jugando con las palabras, era una forma de vida / una forma debida. […]. Todo lo fecundaba el consentimiento recíproco, consentimiento, con sentimiento, con amor, con amor-nía, con armonía […]”[11].
De Alfonso, la forma tan suave, ingeniosa con que nos narra la historia. Es prudente, prefiere proponernos pistas, nos obliga a entrar en convención, a permanecer atentos porque, de lo contrario, se nos podría escapar algún detalle significativo para comprender el desarrollo de la trama. Alfonso bien pudo decirnos que su protagonista había viajado a Rusia, así de simple, sin embargo, le gusta quebrarse el coco y nos exige quebrar el nuestro también, intentando adivinar: “Sentí que me condenaba al destierro en un país de gente hermética. Fue difícil aceptar que ese territorio brumoso estuviera en el mismo planeta de arbustos secos, de sol y polvo que habían erosionado treinta años de mi vida.”[12] Y, más adelante nos regala otra coqueta pista: “Nunca pude acostumbrarme a su belleza dura, de sirena del Báltico.”[13]
De Muñoz, la facilidad que posee para trazar ideas de manera en apariencia simple. No presiona al lenguaje, no es rimbombante, es un escritor sencillo. Anota la palabra adecuada en el lugar exacto. No escribe ni de más, ni de menos: “Recuerdo que lo conocí en la tienda de la esquina. Él iba por leche, yo por una telera de pan Bimbo.”[14] Más adelante, cuando habla de Betina, la niña que enamoró a Antar, el chico de quien trata la historia, nos dice: “Muchos se morían por caerle encima pero ella se daba su taco y alejaba a las moscas respingando más la nariz, muy mamona.”[15]
Del conjunto de hombres con experiencia en el oficio de la escritura, puedo decir que aplaudo y ambiciono (que es mejor que envidiar) la pericia para delinear en nuestra mente las imágenes exactas y precisas de cada escena en sus cuentos; al leerlas, nuestras pupilas son seducidas por las figuras que las escenas ofrecen, siendo las imágenes tan visibles, tan verosímiles, tan palpables: “Llegamos al borde de granito y cemento. Yo nunca había visto un río con  agua, con tanta agua, deslizándose solemne, grave, contundente. Me extasió el desplazamiento de la pesada larga masa líquida; me hipnotizaron el cabrilleo de las luces que rebotaban  en la superficie, el chasquido de las olas párvulas destrozadas por la orilla, el olor del agua y las yerbas arrastradas a lo largo de la ribera.”[16]; “Aproveché para disolverme ante el incendio del pelo que se despeñaba por su cuello y le besaba los hombros. Una falda gris y blusa blanca lamían su perfil macizo, sus curvas de mujer entera.”[17]; “Teníamos la misma estatura, y él un pelo lacio y delgado que le caía en la frente, de cazuela, de príncipe valeroso, y la piel como de papel, muy blanca.”[18]

II. Más allá de lo inaudible.
Más allá de lo inaudible se encuentras los creadores. Hablaré aquí de quienes escriben, utilizando sus obras –los tres cuentos– como herramientas de apoyo que ayudarán a ejemplificar y respaldar las hipótesis que aquí surjan. Intentaré definir y entender a los tres escritores a partir de la lectura de estos cuentos específicos, sin el afán de sentirme una sicóloga, aclaro.
         Saúl, Jaime y Vicente son tres hombres laguneros, cada uno con una historia particular, indiscutiblemente. ¿Qué los une, además del hecho de haber nacido en la misma región?, ¿por qué, si los tres pertenecen a una generación diferente, escriben sobre un tema concreto que, aunque forma parte del pasado, refleja los sentimientos vigentes de las naciones mutiladas por la injusticia? Gracias a la escritura, ellos se encontraron. “Amor en Moscú”, “Sirena del Báltico” y “Las grandes alamedas” en definitiva no son tres simples cuentos. Son tres discursos, tres ensayos que evidencian el sentimiento de lucha de tres sujetos cuya trinchera es la expresión literaria. Es irrefutable que los tres son cuentos políticos, aunque unos estén más disfrazados que otros.
         Uno tuvo que morir (en “Sirena…”), el resto vivió para contarla. Ubicamos a los dos narradores con la cabellera austera y arrugas en las manos, en la comodidad de su hogar con olor a recuerdos, frente al televisor o leyendo el periódico, doblegados por el sistema al que combatieron durante muchos años, mientras no necesitaron un trabajo para subsistir. Es el retrato de muchos hombres que hoy son maduros.
         Los cuentos de Rosales y Muñoz terminan así, respectivamente. “Pasaron ya muchos años desde 1957. He vuelto a ver a Olga. Me la trajo una foto de la agencia de noticias Reuter publicada por la prensa local. […] Yo acá, trabajador asalariado, sé que en Rusia sigue viviendo una defensora de la clase trabajadora; que todos los proletarios del mundo tenemos en Rusia una compañera de lucha. La solidaridad vive y resiste.”[19] Hago una acotación, ésta última frase con la que termina el conmovedor cuento de Saúl Rosales, se presenta como epígrafe  en “Las grandes…”; el sencillo hecho ya puede decirnos muchas cosas. Alargo la acotación para decir que existe una frase con la que Rosales nos indica que la lucha socialista está por encima de la relación amorosa de sus protagonistas: “La voluntad somete al amor cuando es necesario. […] Forcé a mi voluntad para que sometiera a mi amor. […] La voluntad de Olga estaba informada por la historia reciente de su país […].”[20]. Concluyo la acotación y continúo, cito el final del cuento de Muñoz: “El 11 de septiembre de 2003, obviamente, recordé desde temprano fragmentos de mi discurso. Y digo mi discurso porque de alguna manera, luego de tanto recitarlo, ya era mío también. Ese día trabajé muy acongojado, aunque debía estar feliz porque después de treinta años yo conservaba en la memoria las frases intactas del doctor. […]. En la noche encendí el televisor y le di una aburrida vuelta a los canales. […]. De pronto, en un canal cultural de la ciudad de México cierta nota sobre la manifestación de Santiago a treinta años del albazo. […]. En ese momento la imagen se detuvo en una pareja. Duraron en la pantalla apenas diez segundos, los suficientes para que en Torreón, a no sé cuántos miles de kilómetros, viera yo, […] al cuarentón calvo y a la mujer con lentes de intelectual esnob; [...] sus labios parecían decir […], como si fueran coro, ‘mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor… No te preocupes, cabrón, no te preocupes’.”[21] Vicente Alfonso, aunque no al final, incluye un pensamiento desgarrador, nuevamente con la sutileza que decidió impregnar a este cuento: “Katia, debe ser difícil cargar una historia como la tuya: un cuento que empezó con noches blancas y bruma del Báltico, con meses enteros de vodka y papas, con astillas de madera y espacios cerrados. Una ciudad arcaica partida por los ríos: cicatrices de agua y barcos. Después vinieron la escuela y las clases de baile, Tolstoi y las primeras noticias de una amenaza en inglés que late entre los gajos del mundo. Justo entonces te llegó la adolescencia, con un estrépito de hielos que se parten, de guerra fragmentada, y sentiste que la patria se te volvía un rompecabezas donde los rublos se volvieron verdes y lejanos y no te quedó nada, sólo el mismo vodka con las mismas papas.”[22]
No puedo imaginar que no haya pasado por sus estómagos y sus cabezas una sensación y un pensamiento de frustración y coraje que bañara la tinta de sus plumas al momento de redactar estos fragmentos que, al menos para quien escribe, significan mucho más que palabras bien acomodadas.
Regreso a los tres autores, y los resumo de la siguiente manera. Saúl Rosales, el poético; Vicente Alfonso, el sutil; y Jaime Muñoz, el directo. Diferentes en la forma, como se dijo desde un inicio, pero similares, y bastante, en el fondo. Por supuesto que hay algo que los vincula. Insisto en la imagen del hilo que los une; conforme fui avanzando en la redacción de este ejercicio literario, me fui convenciendo cada vez más de que el hilo es de una consistencia gruesa y firme.
Con todo lo expuesto, reitero que los tres son cuentos de amor, patria y revolución. Queda claro, entonces, que la nostalgia fue el condimento principal con que las plumas de estos tres escritores laguneros crearon sus historias.


[1] Rosales, Saúl, Autorretrato con Rulfo, ed. ISSSTE, México, 2000, 157 pp.
[2] Alfonso, Vicente, El síndrome de Esquilo, ed. Ficticia, México, 2007, 128 pp.
[3] Muñoz, Jaime, Ojos en la sombra, UAC, Saltillo, 2007, 211 pp.
[4] Alfonso, Ibídem, pp 8.
[5] Rosales, Ibídem, pp 88.
[6] Muñoz, Ibídem, pp
[7] Alfonso, Ibídem, pp 12.
[8] Alfonso, Ibídem, pp 15.
[9]Alfonso, Ibídem, pp 15.
[10]Que quede claro que haré referencia solamente al principal rasgo de cada cuento, de otro modo, no terminaría de enlistar todo lo que acaparó mi atención.
[11] Rosales, Ibídem, pp 99.
[12] Alfonso, Ibídem, pp 8.
[13] Alfonso, Ibídem, pp 8.
[14] Muñoz, Ibídem, pp 176.
[15] Muñoz, Ibídem, pp 182.
[16] Rosales, Ibídem, pp 97.
[17] Alfonso, Ibídem, pp 9.
[18] Muñoz, Ibídem, pp 176.
[19] Rosales, Ibídem, pp 106.
[20] Rosales, Ibídem, pp 105.
[21] Muñoz, Ibídem, pp 192.
[22] Alfonso, Ibídem, pp 14.